El día de Lempira debería ser una invitación a reflexionar sobre nuestra condición mestiza, la discriminación que ejercemos sobre otras etnias hondureñas y la relación de los indígenas con sus territorios.

Lempira supo unir a una diversidad de pueblos. El objetivo: combatir a los invasores de sus tierras. Si murió a traición o en lucha cuerpo a cuerpo, poco importa a la luz de la resistencia iniciada entonces y prolongada hasta ahora.

Mapa antes de la conquista

 

 

 

Hoy la lucha en la tierra de Lempira adquiere otros rasgos con un trasfondo parecido. Los invasores no son los mismos. Muchos comparten la sangre indígena de los defensores. Sin embargo, vienen con la misma ansiedad por controlar territorios, representada en los ríos que quieren represar y en los minerales que quieren extraer para el lucro de unos pocos.

 

Quizás lo lenca no se lleve en la sangre sino en la convicción de defender la tierra. Quizás ser lenca tenga que ver con el interés de procurar el bienestar común en lugar del beneficio privado. O tal vez ser lenca consista en concebir, superando los dualismos del pensamiento occidental, un mundo donde se borran las líneas de separación entre seres humanos, animales, vegetales y medio físico.

 

 

El actual presidente se ha proclamado lenca. Una mujer valiente del pueblo lenca le espetó que no lo era. Quizás lo lenca no se lleve en la sangre sino en la convicción de defender la tierra. Quizás ser lenca tenga que ver con el interés de procurar el bienestar común en lugar del beneficio privado. O tal vez ser lenca consista en concebir, superando los dualismos del pensamiento occidental, un mundo donde se borran las líneas de separación entre seres humanos, animales, vegetales y medio físico.

 

 

En la tradición oral lenca hay muchos elementos que nos indican esa cosmovisión. Recuerdo algunos relatos de “el duende”, forma europeizada de una especie de ser sobrenatural que habita los bosques. Adentrarse en la espesura para cortar un árbol, recolectar frutos, cazar algún animal, o incluso dar un simple paseo, debía ir precedido de una ceremonia al “duende”. Si no lo hacías te extraviabas o terminabas loco. Relacionado con esto, las “composturas” son los ritos agrarios que los campesinos lencas realizan para agradecer con gran solemnidad los productos que la tierra les provee, una noción de retribuir ausente en las concepciones actuales de lo que es naturaleza y su aprovechamiento.

Desde finales del siglo XIX, los liberales hondureños se quejaban de los “desiertos” del país. Para transformar esos “desiertos” en lugares “industriosos” invitaban al capital extranjero a realizar su labor civilizadora. Entregaron vastas zonas. La áreas más pobladas sufrieron menos este fenómeno concesionario, Honduras era un país por colonizar. A principios del siglo XXI, la lógica de conceder todo, como fórmula para lograr el progreso, toca las puertas de los territorios campesinos lencas y no lencas que habían escapado a esos primeros episodios.

Más de 100 años de atraer la inversión y Honduras ha pasado a ser uno de los lugares más pobres y violentos del mundo, con gobiernos que en su mayoría promueven conceptos de “desarrollo” destructores del ambiente y la comunidad campesina. Los análisis económicos usuales consideran el ambiente una “externalidad”. En sus balances de costos y beneficios no figuran elementos ambientales que aun así son inherentes del proceso productivo. La naturaleza es para ser utilizada y ya, sin preocuparse demasiado por las consecuencias.

La cultura lenca con una visión distinta ha sido acorralada, en muchos aspectos violentada. Sin embargo, no ha fenecido. Sigue viva en las luchas por los bienes comunes y en la cosmovisión ecológica de raíz ancestral enfrentada a las ideas de desarrollo impuestas por la lógica del capital. Sobre todo, la cultura lenca está viva en el legado de una mujer, descendiente de Lempira, que anunció estaba por venir otra gran articulación de las luchas de los pueblos en defensa de sus territorios.