Hace unos años en charlas amenas con amigos de infancia en los barrios de Tegucigalpa -con edades entre 15 y 16 años –ya fantaseábamos con la idea de salir al extranjero. Una lástima que las charlas no giraran en torno a que fueran los logros académicos los que nos permitiera  salir del país , formarnos en Europa  , aprender idiomas, compartir experiencias con personas de todo el mundo.

Ese ímpetu de la juventud que tanto se desaprovecha en Honduras, ese manantial de energía, que orientada de manera positiva sería capaz de transformar la realidad social, la juventud frustrada , caída en el desánimo y la incertidumbre -ahí el quid de la cuestión –busca soluciones sin más herramientas que los sueños. Es cuando entra el anhelo de salir del país .Tremenda aventura que con pocos años y sin experiencia parece ser un camino lleno de sorpresas, lo desconocido que seduce.

La explicación social económica de una decisión tan drástica como es dejar tu vida, familiares , amigos , universidad, reside en el Estado fallido. Un Estado que en cuya Constitución se indican varias obligaciones, hoy pisoteadas por los políticos de turno. No se facilitan herramientas para recibir la educación gratuita y pública que estipula esa constitución, ni se facilitan las condiciones para que los maestros no estén más preocupados por sus derechos que por enseñar a los jóvenes, ni tampoco se hace partícipe a los jóvenes de los cambios sociales que requiere el país, vistos por la educación privada como meras mercancías.

Un Estado democrático debe asegurar vivir en armonía,  donde no se tema a la policía  y la población no sea objeto de represión o abuso.  Se preocupa por el desarrollo de la producción de tal forma que eleve el nivel de vida de la población. Promueve ese desarrollo a la vez que cuida los recursos naturales y el derecho de los pueblos originarios a vivir en paz en sus comunidades y entornos naturales. Para que Honduras no sea un país sin alma, sin ríos, sin árboles.

Por esto y muchos factores más, como serán las experiencias personales de cada quien, es que el Estado hondureño nos condena a miles y miles de sus ciudadanos a no tener patria, nos orilla a abandonar el país y a exponernos a que el azar determine si las cosas nos saldrán bien en Europa o el mundo. Muchos terminan arruinados en la ruleta rusa a que nos obliga a jugar el Estado hondureño. ¿Cómo no indignarse ante este drama? ¿Cómo quedarse a observar pasivo?
En medio de todo destaca una mujer, Berta Cáceres, cuya presencia en sí era fortaleza, quien amó a su tierra, a su gente y abrazó con determinación sus ideas contra el racismo, el patriarcado y el capitalismo, y que fue vilmente asesinada. Pero el río Gualcarque fluye rabia y ansia de cambio, para todos los hondureños, tanto los que están dentro como los que están exiliados por las circunstancias económicas y sociales.

¡!!!  Despertemos ¡!!! Despertemos humanidad ¡Ya no hay tiempo !!!!!! “Berta Cáceres”