Nadie que esté en sus cabales quiere ser “mártir”. En Honduras cada vez que alguien protesta contra la injusticia sin dejarse sobornar o sin miedo a los poderes fácticos y del Estado, lo primero que dicen es: “quiere ser mártir”.

 
La frase, común entre la población desde el período de la Guerra Fría, encierra una lógica perversa. Transmite la idea que si luchas por una sociedad justa, inevitablemente, te espera el destino de ser mártir, de morir de forma violenta y trágica. Por tanto, si emprendes ese camino estás pidiendo que te asesinen. Es un mecanismo por el cual las élites te dicen “estás avisado si vas en dirección contraria, será tu culpa lo que pueda pasarte”. Es una pena que este mensaje haya sido interiorizado por amplias capas de la población.
Con esa frase grotesca, además, instalas la insensibilidad de la sociedad ante los crímenes políticos. Como si fueran cosa de un par de locos que no valoran su vida y que no te ocurrirá a ti si te alejas de toda acción de protesta. Así, nadie culpa a un sistema económico y político que desde hace décadas viene condenando a millones a vivir en la pobreza y en la violencia. En Honduras ahora eres “mártir” sin involucrarte en protestas. Basta con salir a la calle a tus labores cotidianas para correr el mismo destino que un “mártir”.

Conocí a Berta hace varios años. Fue una de las personas que más valoraban la vida en todos sus sentidos. También aprendí gracias a ella que la vida tiene mucho de sufrimiento y esfuerzo. Que nada es fácil y sobre todo cuando vives en Honduras, donde hay tanta injusticia. Pero su principal enseñanza es que cualquier cambio, por pequeño que sea, surgirá a partir de lo que hagamos, no de las plegarias o de la ingenua suposición que un día los miembros de esas élites, acostumbradas a la violencia, decidirán que es hora de dejar atrás los mecanismos de apropiación de la riqueza que tan bien nutren sus cuentas bancarias.

Esforzarse para que el país cambie no es un asunto de “querer ser mártir”, es una necesidad, un deber, que ya no podemos seguir postergando si deseamos superar la delincuencia, la pobreza, la discriminación, la violencia y la corrupción. La protesta, cuando se hace para acabar con actos perjudiciales a la vida, no es un un suicidio, es la única solución.

Si nadie hubiera protestado contra la esclavitud o la segregación racial en Estados Unidos, este país no hubiera desarrollado las “libertades” o el régimen democrático del que tanto se ufanan hoy sus gobernantes. Lo mismo puede decirse cuando en el siglo XX las mujeres en todo el mundo lucharon para que se les permitiera ejercer el sufragio. Ellas no querían ser mártires, sino disfrutar un derecho negado y que ahora nadie osaría quitar. Con todo, en Estados Unidos y el mundo las personas no dejan de protestar o de hacer oposición, y bien por ello. La opinión pública internacional no dice que el mundo esté lleno de personas anhelando ser asesinadas.

Criticar la mala actuación de los gobiernos, realizar oposición política no es querer ser mártir. Veo más de locos equiparar la defensa de Berta por el derecho a la vida con la conducta de extremistas islámicos que detonan bombas para matar mujeres y niños, en la creencia que con semejante acto de barbarie serán mártires